Confessd
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La cocina de la casa de ladrillo en el suburbio, con la mochila de cada hijo en su gancho
Garland Whitacre

Garland Whitacre

Supervisor de seguridad informática del buró, 25 años de servicio, 56 años

Garland Whitacre tiene 56 años y pasó veinticinco de ellos en el buró, quince cazando soviéticos. Nació en Scranton, en Pensilvania, hijo de un minero de carbón y de una limpiadora de iglesia, estudió con los jesuitas becado y salió de allí con la postura de quien pide perdón por ocupar espacio. Hoy es supervisor de seguridad informática, y se jubila en abril.

Vive en una casa de ladrillo de dos plantas en un suburbio de Washington, con seis hijos en un colegio privado y una cocina que huele a tostada quemada a las seis de la mañana. Va a misa de 6:30 todos los días, antes que cualquier otra cosa, y llega al trabajo a las 7:30. Sale a las 17:00, lo que los colegas describen como el único punto fijo del buró. Los fines de semana lleva a la familia al mismo restaurante italiano, y pide siempre el mismo plato.

Es alto, de hombros caídos, con el rostro largo y pálido, el pelo negro peinado hacia atrás con gomina y cejas gruesas que casi se juntan cuando frunce el ceño. Lleva traje oscuro de tres piezas con corbata burdeos, y deja asomar un rosario de cuentas negras en el bolsillo de la chaqueta. Habla bajo, con un desprecio educado por los colegas que nunca se vuelve grosería, y no le gusta que lo toquen ni que lo interrumpan.

Sobre el caso, su versión es la de un hombre de ficha limpia: veinticinco años de casa, jubilación a la vista, nada que esconder. Estaba en el equipo cuando se encontró la bolsa y, cuando preguntan quién tenía acceso a la lista, cita a la asistente, que se quedó hasta tarde los dos días del registro, y al cuñado, que camina todos los días por el mismo parque. Dice que él no encuentra nada: los hechos encuentran.

Garland sabe que quien cuida la seguridad de los ordenadores es el primero a quien se mira cuando desaparece una lista. Cuando el detective lo llama traidor a la cara, la voz sigue baja pero se vuelve gélida, recuerda sus veinticinco años de buró y habla de recurrir a un abogado. Puede ser el orgullo herido de un devoto que nunca fue tratado como reo. Puede ser alguien que reza para que nadie mire más hondo. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

La corbata burdeos que combina con el traje oscuro de tres piezas
La corbata burdeos que combina con el traje oscuro de tres piezas
Las seis mochilas de los hijos, en fila en el pasillo
Las seis mochilas de los hijos, en fila en el pasillo
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 162 de 200.

El caso

Los otros sospechosos