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El piso de persianas de madera, con el balcón de mimbre
Crispin Ledyard

Crispin Ledyard

Corresponsal en Beirut de un semanario de Londres e informante pagado de la embajada, 51 años

Crispin Ledyard tiene 51 años y escribe para un semanario de Londres desde que llegó a Beirut, hace ocho. Nació en Surrey, hijo de un pastor anglicano, estudió en Cambridge y pasó los años de guerra en un servicio del que habla a medias palabras y con media sonrisa. Encantador e irónico, tartamudea apenas cuando algo le hace gracia y nunca cuando miente, y sostiene que un buen corresponsal sabe lo que oye en los cafés y lo que prefiere no repetir.

Vive en un piso de techos altos y persianas de madera, en una calle tranquila cerca del mar, con un balcón de sillas de mimbre y una estantería de libros en cuatro idiomas. Una máquina de escribir de teclas gastadas, una botella de ginebra siempre a mano en el aparador y discos de jazz que pone bajito, para no despertar al vecino. Pasa las tardes en la mesa de un café de la avenida junto al mar, con el periódico del día anterior abierto y el vaso siempre a medias.

Es alto y algo encorvado, de rostro guapo y cansado con bolsas bajo los ojos y pelo canoso peinado hacia atrás. Lleva un traje de lino crema arrugado, una corbata de seda floja, una pipa apagada entre los dedos y, en la otra mano, un vaso de ginebra. Bebe desde las once de la mañana sin perder el hilo de la conversación, y es uno de los pocos hombres de la ciudad que habla con la misma amabilidad al camarero y al embajador.

Sobre los amigos, su versión es de afecto: trabajó con el jefe de estación en los años de guerra, años atrás lo echaron a la calle por sospecha y más tarde lo exculparon en público. Quentin nunca dudó de él, dice, y es su mejor amigo. Sobre los arrestos en Damasco, su opinión es la de quien frecuenta cafés: la policía siria tiene oído en cada barbería, bastaba con que uno de los dos hablara de más en una partida de backgammon. Con la ciudad hirviendo de corresponsales, diplomáticos y curiosos, nadie puede confirmar con certeza dónde estuvo cada uno cada noche.

Crispin sabe que un corresponsal inglés con un amigo en la embajada es el tipo de persona en quien todos piensan y de quien nadie habla. Cuando el detective lo acusa de haber vendido la lista, el encanto se enfría y él recuerda que esa canción ya la oyó años atrás. Puede ser el cansancio de un hombre que ya fue acusado injustamente. Puede ser alguien que sabe exactamente cuánto cuesta dejar que la música siga sonando. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

El traje de lino crema arrugado, con la corbata floja
El traje de lino crema arrugado, con la corbata floja
La pipa apagada que lleva entre los dedos
La pipa apagada que lleva entre los dedos
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 159 de 200.

El caso

Los otros sospechosos