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El salón con el piano vertical y el bastidor de bordado
Lavinia Halloway

Lavinia Halloway

Esposa de la víctima, estadounidense de Nueva York, 27 años

Lavinia Halloway tiene 27 años y es la estadounidense que a Liverpool no le gusta. Nació en Nueva York, hija de un corredor de bolsa y de una mujer que alquilaba pensiones, y llegó a Inglaterra a los dieciocho, en un barco, para casarse con un comerciante de algodón treinta años mayor. Aprendió inglés de salón deprisa, pero el acento se quedó. Los criados la llaman la señora, las vecinas la americana, y ella ya no sabe cuál de las dos suena peor.

Vive en el salón del primer piso, donde se refugia desde que la casa quedó silenciosa y con olor a medicina: un piano vertical que toca sin mucha práctica, un bastidor de bordado con una flor inacabada, una ventana alta al jardín y un sofá de terciopelo verde donde se sienta con los libros que su madre le manda desde Nueva York. Los hijos pequeños están en el ala de atrás, con la niñera. Ella los visita por la tarde y por la noche, a horas fijas.

Tiene el pelo rubio cobrizo recogido en un moño alto, con rizos sueltos en la frente, la piel clara de pecas leves y ojos azules muy abiertos, como quien espera lo peor. Lleva un vestido de luto de seda negra, de cuello alto de encaje, y una peineta de carey que sujeta el peinado y que toca cuando está nerviosa. Habla deprisa, con un acento estadounidense que no intenta esconder, y levanta la barbilla cuando siente que la juzgan antes de escucharla.

Sobre las dos semanas de enfermedad de su marido, su versión es la de quien estuvo a su lado: él tenía cincuenta años cuando se casaron y ella dieciocho, y él tenía sus tónicos y ella a los niños. La noche del 8 de mayo se quedó a la cabecera hasta la medianoche, leyendo en voz alta, y la enfermera la mandó a dormir. El médico habló primero de indigestión y solo al final de veneno. Dice que no fue un romance, fue un matrimonio.

Lavinia sabe que una joven esposa extranjera, heredera de un viejo enfermo, es la primera a quien cree la ciudad. Cuando el detective dice que ella es la elegida de todas las conversaciones, los ojos se le llenan, y aprieta el pañuelo sin dejar caer una lágrima. Puede ser la indignación de quien no hizo nada y sabe que eso no basta. Puede ser alguien que guarda lo que sabe porque teme lo que ocurre cuando habla. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

La peineta de carey que sujeta su moño
La peineta de carey que sujeta su moño
El vestido de luto de seda negra con el cuello alto de encaje
El vestido de luto de seda negra con el cuello alto de encaje
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 126 de 200.

El caso

Los otros sospechosos