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El taller del Soho, con las cabezas de espuma en la estantería
Margot Kell

Margot Kell

Maquilladora de efectos especiales, 44 años

Margot Kell tiene 44 años y hace rostros para quien necesita otro. Nació en Brixton, hija de una peluquera y de un electricista, y creció entre el secador de su madre y las cajas de fusibles de su padre, lo que dice que le enseñó todo sobre la paciencia y poco sobre el dinero. Estudió caracterización teatral en Londres, trabajó doce años en estudios de cine y desde hace cinco tiene un taller propio, en una casa estrecha del Soho, desde donde rechaza más encargos de los que acepta.

El taller ocupa el primer piso, encima de una tienda de discos, y es a la vez obrador, cocina y dormitorio en las semanas de plazo apretado. Hay cabezas de espuma en fila en una estantería, botes de pigmento por orden de color, moldes de yeso colgados de la pared y un sofá lleno de pelos de peluca donde cabecea entre una capa y otra. Vive en Camden, en un apartamento que casi no ve. Toma té negro sin azúcar todo el día y olvida todas las tazas por la casa.

Tiene el pelo pelirrojo recogido en un moño flojo con dos pinceles clavados, el rostro lleno de pecas y un delineado negro marcado que no se quita ni para dormir. Lleva un delantal de trabajo negro, manchado de pintura color piel, y anillos de plata en todos los dedos, que tintinean contra los botes cuando gesticula. Habla alto, ríe más alto aún y trata su propio arte como escultura: si alguien llama disfraz a su trabajo, lo mira fijamente un largo segundo antes de responder.

Sobre el jueves del asalto, su versión es de oficio: de las 8:00 al mediodía, dos rostros enteros, con nariz, mentón, pómulos, tono de piel y pelucas. El cliente reservó por teléfono dos días antes, dijo que era para un videoclip y vino a pagar en efectivo a las 13:15. Después, por la noche, encendió la televisión, vio el noticiero y la apagó. Dice que ese encargo no tenía nada de extraño para quien vive de máscaras, y que nadie le pregunta al carpintero para qué sirve la silla.

Margot sabe que su trabajo es exactamente lo que vuelve irreconocible un rostro, y que eso la coloca en un lugar incómodo. Cuando el detective le pregunta si reconocería a los dos sin el maquillaje, ella habla deprisa, juega con los anillos e insiste en que eran dos hombres comunes. Puede ser la franqueza de una artista que hizo lo que le pidieron. Puede ser alguien que habla demasiado para no tener que quedarse en silencio. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

Los anillos de plata que lleva en todos los dedos
Los anillos de plata que lleva en todos los dedos
Los dos pinceles que clava en el moño
Los dos pinceles que clava en el moño
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 122 de 200.

El caso

Los otros sospechosos