

Nadia Brzeska
Dependienta de la joyería, 29 años
Nadia Brzeska tiene 29 años y vende joyas de seis cifras a gente que prefiere no discutir el precio. Nació en Cracovia, hija de una farmacéutica y de un profesor de historia, y llegó a Londres a los 22 para una pasantía en una casa de subastas que se convirtió en empleo de mostrador. Habla inglés sin acento cuando está atenta y con acento cuando está cansada, y tiene la delicadeza de quien aprendió que el cliente nunca se equivoca, incluso cuando se equivoca.
Vive en un apartamento pequeño en Ealing, compartido con una compañera de cuarto que casi nunca está en casa, en un edificio de ladrillo rojo cerca de la estación. Cocina pierogi los domingos para toda la semana, mantiene una maceta de albahaca en el alféizar y habla con su madre por videollamada todas las noches, en polaco, bajito, para no despertar a nadie. Toma el metro a las 7:40 y llega a la tienda quince minutos antes, para revisar cada vitrina antes de que abra la puerta.
Tiene el pelo castaño claro y liso, recogido en una cola baja e impecable, y ojos verdes que hoy están hinchados de llorar. Lleva el traje negro de la tienda, con un discreto broche de plata en la solapa, y tiene un arañazo fresco en la muñeca. Es educada y precisa, habla bajo y se aferra a los procedimientos como quien se aferra a una barandilla: el orden en que se abre, el orden en que se cierra, quién firma qué. Se ocupa de la agenda de clientes y de la ficha de los empleados.
Sobre el jueves del asalto, su versión es la de quien estuvo en el centro. Los dos hombres bajaron de un taxi a las 16:40, el portero abrió la puerta doble, y después estuvieron las armas, las vitrinas y su brazo tirado hasta la acera, con el cañón en la espalda. Afuera, uno de ellos disparó al aire. Ella dice que abrió los seguros porque tenía un arma apuntándole y pide que el detective lo anote, con todas las letras.
Nadia sabe que una vendedora que abre las vitrinas sin dudar parece, a quien mira desde fuera, una vendedora que esperaba tener que abrirlas. Cuando el detective señala su rapidez, los ojos se le llenan de nuevo y aprieta el broche con los dedos. Puede ser el miedo de quien fue rehén y aún no terminó de sentir. Puede ser alguien que mide cada palabra por temor a lo que se le escape. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 122 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Margot KellMaquilladora de efectos especiales, 44 años
Leonard HalePortero de la joyería, 52 años
