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La casa adosada en Bermondsey, con el uniforme planchado en la puerta
Leonard Hale

Leonard Hale

Portero de la joyería, 52 años

Leonard Hale tiene 52 años y custodia la puerta de la Joyería Whitcombe desde hace veinte. Nació en Walthamstow, hijo de un conductor de autobús y de una costurera de dobladillos, y antes de vestir uniforme fue soldado, cabo y después dependiente de una mercería que cerró. Aprendió de su padre a saludar por su nombre a quien sube al autobús y del ejército a quedarse de pie durante horas sin cambiar el rostro. Recibe a cada cliente como si fuera un lord y a cada repartidor como si fuera un cliente.

Vive en una casa adosada de dos plantas en Bermondsey, en el sur de Londres, con un jardín amurallado y un reloj de pared que ajusta todos los domingos por la radio. Comparte la casa con una gata vieja y un sillón en el que ya nadie se sienta. Su esposa se fue hace seis años, y la casa conservó su manera de ordenar la vajilla. El uniforme queda planchado y colgado en la puerta del cuarto desde la noche anterior, y los zapatos tienen un brillo que le gusta mostrar.

Tiene el pelo canoso corto, peinado hacia atrás, el bigote recortado con regla y ojos castaños cansados de quien se levanta a las cinco. Lleva el uniforme de portero con abrigo oscuro de botones dorados, camisa blanca y la corbata de nudo apretado, que se rehace cada vez que pasa por un espejo. Habla despacio, con la cortesía formal de un mayordomo de película, y la voz sube de tono cuando el tema es la conducta de los más jóvenes.

Sobre el jueves del asalto, su versión es la del hombre de guardia: dos puertas, una a la vez, y nadie entra cubierto, ni sombrero, ni gafas oscuras, ni guantes. Cliente nuevo solo con cita. Vio desde la puerta las armas, a la vendedora abriendo las vitrinas y las piezas saliendo, y lo cuenta con la voz de quien hace un saludo militar. Repite que veinte años de servicio no se compran ni se pierden en una tarde, y que él vive de su sueldo.

Leonard sabe que el portero es quien decide quién entra, y que cuando alguien entra mal la primera pregunta es para quien estaba en la puerta. Cuando el detective le pregunta quién le pagó, endereza los hombros, mira al frente y responde que nadie. Puede ser el honor de un hombre con veinte años de servicio. Puede ser alguien que se aferra a la formalidad porque no sabe hablar de otra manera. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

El abrigo de botones dorados del uniforme de portero
El abrigo de botones dorados del uniforme de portero
El estuche de betún con que lustra los zapatos todos los días
El estuche de betún con que lustra los zapatos todos los días
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 122 de 200.

El caso

Los otros sospechosos