

Odete Saraiva
Pagadora del Ferrocarril, 44 años
Odete Saraiva tiene 44 años y paga a los ferroviarios desde hace diecinueve. Nació en Barra do Piraí, hija de un telegrafista y de una costurera, aprendió a contar dinero en el mostrador del almacén de un tío y entró en la Estrada de Ferro a los 25, como auxiliar de escritorio. Subió a pagadora por oposición y por terquedad, en una oficina donde casi solo había hombres, y todavía hoy corrige a quien la llama la muchacha de la caja.
Vive con su marido en una casa de vecindad en Cascadura, de puerta verde y ventana de persianas, con una sala pequeña donde la máquina de coser de su madre comparte espacio con una vitrina de copas que nadie usa. Todo allí tiene día fijo: la feria el jueves, la misa el domingo, la radio encendida en la telenovela de las ocho. A fin de mes, comprueba las cuentas de la casa con la misma regla de madera con que comprueba la nómina, y firma los recibos con una pluma estilográfica que no le presta a nadie.
Tiene el pelo negro ondulado recogido en un moño lleno de horquillas, labial rojo discreto y gafas de montura de carey que se empuja sobre la nariz antes de responder. Lleva blusa blanca de cuello alto, almidonada, y la credencial de metal del ferrocarril prendida en el pecho. Desde el martes, el brazo izquierdo lo tiene en un cabestrillo de tela. Es formal, habla de billetes y recibos con precisión de contadora y se ofende cuando alguien duda de una cifra dicha por ella.
Sobre la nómina de este mes, corrige al detective de entrada: no vino doble, vino triple, con el bono de dos meses, y la circular se fijó solo en las estaciones y en los puestos del tramo, donde solo leía gente del ferrocarril. Del viaje, cuenta que salieron a la hora, con dos guardias en el vagón, que en la curva el tren disminuye como siempre y que fue ahí donde estalló el suelo. Cuando se dio cuenta, estaba tendida encima de los billetes de otra gente. Vio a cinco hombres con medias de mujer en la cara, un grandullón de guante negro dando órdenes y uno flaco que temblaba y apuntaba el arma a todos. Con la curva en medio del monte y la banda desaparecida en el polvo, nadie puede confirmar con certeza lo que vio cada uno aquella mañana.
Odete sabe que la pagadora de un tren asaltado es la primera persona de quien se sospecha. Cuando el detective le pregunta si le entregó la nómina a la banda, ella recuerda los diecinueve años pagando a los ferroviarios hasta el último centavo y el brazo roto en el cabestrillo, y el tono se enfría del todo. Puede ser el orgullo herido de una funcionaria que nunca falló una cuenta. Puede ser alguien que se aferra a los números para no hablar de otra cosa. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 115 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Valdir RochaGuardavía del tramo del km 68 al 74, 41 años
Jurandir PaivaFinquero vecino de la curva del km 71, 57 años
