Confessd
Volver
El apartamento del octavo piso, con los geranios en el balcón
Bruno Kessler

Bruno Kessler

Vigilante nocturno de la línea del tren de cercanías, 49 años

Bruno Kessler tiene 49 años y desde hace veinte vigila de noche las vías del tren urbano de Berlín. Nació en Cottbus, hijo de un maquinista de tren de carga y de una cocinera de cantina, trabajó años en obras de carretera y entró en el ferrocarril a los 29, cuando la espalda pidió un trabajo en el que se anduviera más y se cargara menos. Conoce cada traviesa de su tramo y dice que las vías, de madrugada, hablan más que mucha gente.

Vive con su esposa en un apartamento de bloque prefabricado en la periferia este de la ciudad, en el octavo piso, con un balcón donde ella cultiva geranios y él deja las botas de trabajo para que se aireen. Duerme por la mañana con las persianas cerradas y cena al mediodía, mientras todo el edificio almuerza. En la cocina, un termo de café está siempre lleno, y la radio de la sala solo transmite partidos de fútbol.

Tiene el rostro ancho de piel clara enrojecida, la barba canosa recortada y un gorro de lana negro calado hasta las cejas, que solo se quita para dormir. Lleva el chaleco reflectante naranja del ferrocarril sobre una chaqueta acolchada azul y una linterna grande sujeta al cinturón, que enciende por costumbre hasta bajo una farola. Es lacónico y desconfía de la policía, responde con lo mínimo y mide cada palabra antes de gastar la siguiente.

Sobre la madrugada, su versión es la de quien encontró el rastro: a las 4:00 encontró una carretilla volcada entre las vías, una cuerda gruesa atada al parapeto y una escalera de aluminio apoyada en el muro del museo, como si alguien hubiera hecho una mudanza por su viaducto. Dice que allá arriba sopla como en el mar y que ningún ruido de cristal pasa del muro, y que a esa hora el viaducto se quedó sin tren, porque los trenes duermen más que él. Con el museo pegado al viaducto y la madrugada vacía, nadie puede confirmar con certeza dónde estaba cada uno a esa hora.

Bruno sabe que el hombre que vigila las vías por donde salió el oro tiene que explicar por qué no vio nada. Cuando el detective le pregunta si ayudó a llevarse la moneda, la sequedad se vuelve rabia: recuerda sus veinte años de ferrocarril, pregunta si ahora carga oro en carretilla y exige pruebas antes de que lo llamen ladrón. Puede ser la rebeldía de un trabajador honesto tratado como cómplice. Puede ser alguien que responde poco para no tener que responder el resto. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

La linterna grande que enciende hasta bajo una farola
La linterna grande que enciende hasta bajo una farola
El gorro de lana negro que solo se quita para dormir
El gorro de lana negro que solo se quita para dormir
Jugar

Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 112 de 200.

El caso

Los otros sospechosos