

Kai Brandt
Guardia de seguridad del turno de noche, 23 años
Kai Brandt tiene 23 años y trabaja desde hace cuatro semanas como guardia de seguridad del turno de noche del museo. Nació en Berlín, hijo de un conductor de autobús y de una cajera de supermercado, dejó la escuela técnica en segundo año y pasó por repartos en bicicleta, un almacén de bebidas y la puerta de una discoteca antes de ponerse el uniforme azul marino. Dice que el empleo es bueno y tranquilo, de lunes a sábado, con descanso el domingo.
Vive en un cuarto alquilado en el tercer piso de un edificio de ladrillo, a algunas estaciones de tren del museo, con un colchón en el suelo, una televisión demasiado grande para la pared y una fila de zapatillas blancas alineadas en el zócalo como trofeos. La nevera tiene poca comida y mucha lata de bebida energética, que lleva en la mochila para aguantar la madrugada. Dice que algún día vivirá en un lugar con balcón y vista a algo.
Tiene el pelo castaño rapado en los laterales y más largo arriba, la barba rala y la piel clara de quien duerme de día. Lleva el uniforme azul marino de seguridad y zapatillas blancas nuevas, siempre limpias, y anda con las manos en los bolsillos. Es demasiado simpático, habla rápido, llama jefe a todo el mundo y responde con detalles que nadie pidió. Sonríe en los momentos equivocados, como si el silencio lo incomodara más que la pregunta.
Sobre el museo, su versión es la de un muchacho recién llegado: nadie roba monedas, dice, y luego se corrige, nadie robaba. Cuenta que, oficialmente, de noche solo queda el equipo de seguridad, pero que la luz del despacho de la conservadora está encendida cuando llega, a las diez, y sigue encendida cuando sale, a las seis. Si el detective pregunta por la moneda, responde que, si supiera dónde está, estaría en Ibiza. Con el museo pegado al viaducto y la madrugada vacía, nadie puede confirmar con certeza dónde estaba cada uno a esa hora.
Kai sabe que el guardia más nuevo del equipo es el primero al que se mira cuando algo desaparece. Cuando el detective lo acusa de haber abierto la ventana a los ladrones, la sonrisa se esfuma: dice que cobra por hora para mirar cámaras, no para abrir ventanas, y que sin pruebas el detective le habla al uniforme, no a él. Puede ser la irritación de un muchacho que se vuelve sospechoso solo por ser el último en llegar. Puede ser alguien que habla demasiado para no dejar espacio a otra pregunta. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 112 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Ingrid HallerConservadora del gabinete de monedas, 58 años
Bruno KesslerVigilante nocturno de la línea del tren de cercanías, 49 años
