

Ingrid Haller
Conservadora del gabinete de monedas, 58 años
Ingrid Haller tiene 58 años y pasó treinta de ellos catalogando monedas en el museo numismáticonumismático Relativo a la numismática, el estudio y la colección de monedas, medallas y billetes. de Berlín. Nació en Lübeck, en el norte, hija de un comerciante de sellos y de una contadora, y aprendió a leer fechas en monedas antes de leer libros. Estudió numismática en Múnich, escribió la tesis sobre ducados del Báltico y llegó a Berlín con dos cajas de libros y una beca de estudios que se volvió carrera. Hoy es la conservadora del gabinete de monedas.
Pasa la mayor parte del día en la biblioteca del museo, un piso por encima de las vitrinas: estanterías de roble hasta el techo, mesas de lectura forradas de fieltro verde y una lámpara de brazo articulado bajo la cual examina cada pieza con una lupa de numismática, regalo de su padre. Allí todo tiene lugar e inventario, cada moneda con su cajita y su pinza. Dice que una moneda fuera de lugar es una moneda perdida, aunque esté a un palmo.
Tiene el pelo canoso corto, siempre bien peinado, la piel clara y ojeras discretas. Lleva un blazer gris plomo sobre una blusa de cuello alto negra, gafas de lectura colgadas de un cordón al cuello y guantes blancos de algodón asomando del bolsillo, listos para cualquier pieza. Es precisa y formal, corrige las palabras del detective sin pedir permiso y habla del Sol de Cien Kilos como de una paciente que murió en su mesa.
Sobre la moneda, su versión es la de quien la conocía de cerca: cien kilos de oro puro, cincuenta y tres centímetros de diámetro, un sol acuñado en el anverso, prestada por un coleccionista por diez años y perdida en veinticinco minutos. Dice que la alarma de la vitrina sonó a las 3:45, cuando el cristal cedió del todo, y que el coche patrulla llegó siete minutos después, con la moneda ya al otro lado de las vías. Si alguien pregunta por la llave de la vitrina, ella recuerda que el cristal blindado no tiene llave. Con el museo pegado al viaducto y la madrugada vacía, nadie puede confirmar con certeza dónde estaba cada uno a esa hora.
Ingrid sabe que quien conoce el gabinete de memoria es, en una noche de robo, el primer nombre que alguien escribe. Cuando el detective le pregunta si entregó la moneda a los ladrones, la formalidad se vuelve hielo: ella recuerda sus treinta años catalogando monedas y dice que no acepta la pregunta de quien no distingue un ducado de una chapa de botella. Puede ser el orgullo herido de una especialista que perdió la pieza más pesada de su carrera. Puede ser alguien que se esconde tras la erudición para no tener que explicar otra cosa. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 112 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Kai BrandtGuardia de seguridad del turno de noche, 23 años
Bruno KesslerVigilante nocturno de la línea del tren de cercanías, 49 años
