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El despacho forrado de cuero verde, con la partida de ajedrez detenida
Kirill Sarkanov

Kirill Sarkanov

Príncipe y dueño del palacio, 29 años

Kirill Sarkanov tiene 29 años y es el dueño del palacio a orillas del canal, herencia de una familia que ya poseía tierras en el Volga cuando Petersburgo aún era pantano. Creció entre institutrices francesas y tutores ingleses, estudió dos años en Inglaterra sin terminar y volvió a Rusia con la costumbre de mezclar tres idiomas en una sola frase. En cualquier sala se sigue comportando como el hombre mejor relacionado de todos.

Vive en el piso de arriba del palacio, en un despacho forrado de cuero verde donde nadie entra sin ser llamado: un sofá hondo, una mesa de ajedrez con las piezas detenidas en una partida antigua, estantes de libros franceses y una chimenea de azulejos que mantiene encendida incluso en verano. Duerme de día y vive de noche. Sufre migrañas terribles, que trata con las cortinas cerradas y la paciencia ajena, y dice que su cabeza nunca descansa porque el país nunca descansa.

Es delgado y elegante, de rostro pálido y delicado, ojos azul claro con ojeras profundas y pelo oscuro peinado hacia atrás con brillantina. El bigote fino está recortado con regla. Viste esmoquin negro con gemelos de oro, lleva un anillo de sello en el dedo meñique y mantiene siempre un cigarrillo entre los dedos inquietos, que enciende y olvida en el cenicero. Habla en francés cuando quiere humillar a alguien, y la policía, según él, entra en esa categoría por vocación.

Sobre el curandero Matvei Rodin, dice que el hombre le trata la migraña desde hace meses, en la propia casa del curandero, y que, si pasó por el palacio, fue para un té rápido. Sobre la madrugada, cuenta que contrató a la gitana Larissa Glebova para cantar romanzasromanzas Canciones sentimentales rusas, de letra amorosa y melancólica, muy populares en cabarés y salones. en el salón y que pagó por la voz de octubre, no por la de diciembre. Sobre el muelle, señala al viejo guardia que huele a vodka desde el mediodía, pese a la ley seca, y sugiere que la policía le pregunte qué hacía en la garita en lugar de rondar.

Kirill sabe que un príncipe dueño del palacio donde hubo fiesta toda la noche es el primer nombre que cualquier inspector anota en su libreta. Cuando el detective aprieta, la ironía se vuelve frialdad: pide que se baje la voz en su salón, recuerda que todavía no es acusado y habla de llamar al abogado de la familia. Puede ser la altivez de quien nunca fue tratado como sospechoso. Puede ser alguien que se esconde tras el apellido. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

Los gemelos de oro del esmoquin
Los gemelos de oro del esmoquin
El cigarrillo encendido que él enciende y olvida
El cigarrillo encendido que él enciende y olvida
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 132 de 200.

El caso

Los otros sospechosos