

Odile Faller
Vigilante del museo, 59 años
Odile Faller tiene 59 años y desde hace treinta custodia las salas del Museo de la Casa de los Toneleros, en Colmar. Nació en Munster, en el valle, hija de un quesero y de una costurera, y nunca vivió a más de cuarenta kilómetros de la cama en que nació. Entró en el museo como limpiadora, a los 29, y fue subiendo de función sin subir nunca de sueldo. Habla de la colección como si hubiera heredado cada cuadro de sus padres y comprueba las esquinas de los marcos con la punta del dedo, una vez por hora, con los ojos entrecerrados.
Vive en un apartamento de dos habitaciones encima de una panadería, a diez minutos a pie del museo, con una ventana al tejado de pizarra y un balcón de geranios rojos que riega todos los días a las siete. La cocina tiene un reloj de cuco que no suena desde el invierno, una jarra de esmalte azul y un mantel de ganchillo con el que cubre hasta la tostadora. Los domingos hace tarte flambée para su hermano viudo, que aparece sin avisar y se va sin dar las gracias. Ella ya se acostumbró.
Tiene el pelo canoso corto y ondulado, las mejillas sonrosadas de quien pasó la vida en el frío y las gafas de lectura en equilibrio en la punta de la nariz. Lleva el uniforme azul marino con la credencial dorada lustrada, un cárdigan gris encima incluso en junio y un manojo de llaves colgado de un cordón al cuello, que tintinea cuando camina y avisa a los visitantes de que alguien está mirando. Es mandona sin esfuerzo, habla en alsaciano cuando se irrita y se ofende de verdad cuando alguien duda de su vigilancia.
Sobre el sábado del robo, su versión cabe en una frase de orgullo: a la hora del almuerzo el museo queda solo con ella, la directora llega a las dos, el muchacho de la taquilla almuerza en su casa, y ella no sale de la sala de los retratos. Sabe que no hay cámara en ninguna sala y que el torniquete de la entrada es el único ojo electrónico de la casa. Dice que vio todo lo que había que ver y que lo que ella no vio no ocurrió.
Odile sabe que una vigilante que pierde un cuadro es una vigilante que pierde el empleo. Cuando el detective duda de su vigilancia, la voz sube un tono y ella cita los treinta años de casa y el sindicato de funcionarios municipales, en ese orden. Puede ser el orgullo herido de quien nunca dejó que nada ocurriera. Puede ser alguien que prefiere discutir el reglamento a responder la pregunta. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 121 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Julien ArbogastCamarero de la brasserie frente al museo, 31 años
Clémence HaagCopista autorizada del museo, 26 años
