

Clémence Haag
Copista autorizada del museo, 26 años
Clémence Haag tiene 26 años y pasa los días en la sala de los retratos del Museo de la Casa de los Toneleros, en Colmar, con un caballete y una tela en blanco. Nació en Sélestat, hija de un contador y de una profesora de música, y creció en un apartamento donde el único cuadro en la pared era una reproducción de girasoles. Decidió pintar a los once, tras una excursión del colegio, y nunca más logró decidir otra cosa. Habla deprisa cuando el tema es la pintura y duda cuando el tema es ella.
Todavía vive con sus padres, en una casa de dos plantas de ladrillo visto en un barrio nuevo de Colmar, en un cuarto con el escritorio tomado por tubos de pintura, pinceles en frascos de mermelada y cuadernos de bocetos con el lomo gastado. Su madre deja un plato tapado en la cocina todas las noches. Su padre lee el periódico en voz alta y pregunta, sin mirarla, cómo van los estudios. Clémence responde que van bien, y el tema queda ahí hasta el día siguiente.
Tiene el pelo pelirrojo largo recogido en un moño flojo con un pincel atravesado, la nariz llena de pecas y las manos siempre manchadas de ocre. Lleva un delantal de lona beige sobre el vestido azul de tirantes, con los bolsillos cargados de trapos. Anda por el museo de puntillas, para no molestar a quien mira los cuadros, y habla con la vigilante en susurros. Tiene una timidez que desaparece cuando coge el pincel y vuelve cuando alguien le pregunta qué quiere ser.
Sobre el sábado del robo, su versión es la de una rutina: a las 12:30 cubrió el caballete con el paño, salió de la sala de los retratos y fue a almorzar a la brasseriebrasserie Local francés a medio camino entre café y restaurante, informal y abierto todo el día, con comidas sencillas. de enfrente, como todos los días. Tiene autorización de la directora para copiar allí de nueve a cinco, y la vigilante conoce su horario de memoria. Dice que conoce esa pared mejor que el cuarto donde duerme y que su copia no vale un euro.
Clémence sabe que quien pasa tres meses en una sala es quien mejor la conoce. Cuando el detective lo señala, ella pierde el hilo de la frase, se limpia las manos en el delantal y mira al suelo. Puede ser la timidez de una artista tratada como sospechosa. Puede ser alguien que esconde otra cosa detrás del paño que cubre el caballete. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 121 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Odile FallerVigilante del museo, 59 años
Julien ArbogastCamarero de la brasserie frente al museo, 31 años
