

Cyril Mabbott
Electricista jubilado, cliente con una caja en la cámara, 73 años
Cyril Mabbott tiene 73 años y fue electricista en Londres durante más de cincuenta. Nació en Bethnal Green, en el East End, hijo de un estibador y de una lavandera, y aprendió el oficio a los 14, sosteniendo la linterna para un tío que hacía instalaciones en conventillos. Dice que ya tendió cable en la mitad de las casas del este de Londres y que, si apagan la luz de una calle, él sabe decir de memoria dónde está el problema.
Vive en una casa adosada en Walthamstow, la misma desde que se casó, con un sillón de terciopelo gastado frente a la televisión, una estantería de discos de jazz y un taller improvisado en el cuartito del fondo, donde arregla cosas de los vecinos: tostadoras, radios, lámparas. Dice que un electricista no se jubila, solo se vuelve más barato. Todos los viernes va al pub de la esquina con los amigos de siempre, se sienta en la misma mesa y paga la misma ronda.
Tiene la piel clara manchada por la edad, el pelo blanco ralo peinado hacia atrás, cejas gruesas y una nariz enrojecida que atribuye al frío. Lleva una chaqueta de tweed marrón gastada sobre un chaleco de lana, los bolsillos siempre llenos de cosas que nadie sabe. Es simpático, abuelo de todo el mundo, llama hijo al detective y cuenta chistes de pub en medio de la conversación, riéndose antes de llegar al final.
Es cliente de la cámara desde hace veinte años: dice que guarda allí unas monedas de oro de su padre y el reloj de su boda, cosas de viejo que nadie robaría. Sobre quién anda por el edificio fuera de hora, no tiene dudas y señala hacia arriba: la joyera del tercer piso, cuya luz, dice, queda encendida de madrugada. Con el edificio cerrado de jueves a martes, nadie puede confirmar con certeza dónde estaba cada uno durante el feriado.
Cyril sabe que un cliente antiguo, que conoce el edificio, entra en la lista de cualquier detective. Cuando este le pregunta de frente si fue Cyril quien vació la cámara, la simpatía se enfría un grado: recuerda sus setenta y tres años y su rodilla mala y dice que, sin pruebas, el detective está hablando solo. Puede ser el dolor de un viejo tratado como ladrón. Puede ser alguien que usa la edad como escudo. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 113 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Edith CroweGerente de la empresa de cajas de seguridad de alquiler, 58 años
Lorna VanceJoyera con taller en el 3.er piso del edificio, 36 años
