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El apartamento en Pimlico, con el piano que nadie toca
Edith Crowe

Edith Crowe

Gerente de la empresa de cajas de seguridad de alquiler, 58 años

Edith Crowe tiene 58 años y es gerente de la empresa de cajas de seguridad de alquiler del barrio de los joyeros de Londres desde hace casi treinta. Nació en Reading, hija de un empleado de banco y de una profesora de piano, y entró en la casa a los 29 como secretaria de la gerencia. Subió un peldaño por década, sin prisa y sin atajos, y hoy habla de la empresa en primera persona del plural, como quien habla de su propia familia.

Vive sola en un apartamento de techos altos en Pimlico, en un edificio de ladrillo rojo con ascensor de rejilla, que sube a pie por principio. La sala tiene un piano que nadie toca desde la muerte de su madre, una estantería de enciclopedias en orden alfabético y un aparador con las fotos de sus sobrinos. Toma el té de la tarde a las cinco, con la leche antes que el té, y corrige a quien hace lo contrario.

Tiene el pelo rubio canoso cortado a lo bob, la piel clara y unas gafas de lectura colgadas de una cadena dorada, que se pone en la punta de la nariz para leer cualquier cosa, hasta un menú. Lleva un blazer azul marino sobre una blusa de seda crema y carga un manojo de llaves pesado en la mano, como una campana. Es formal, orgullosa de la casa, y corrige la gramática de quien pregunta antes de responder la pregunta.

Sobre el feriado, su versión es corta: pasó los días en casa y solo bajó al sótano el martes, a las ocho, para abrir la jornada, cuando encontró los tres agujeros redondos en la pared de la cámara, cada uno del tamaño de un plato, y la puerta blindada intacta al lado. Cuenta, sin rodeos, que la alarma del sótano se disparó a las 0:21 del viernes, que la central la llamó y que ella dijo que era una falsa alarma. Dice que casi seiscientas cajas duermen en esa cámara, la mayoría de joyeros del barrio, y que la casa nunca pregunta qué hay dentro. Con el edificio cerrado de jueves a martes, nadie puede confirmar con certeza dónde estaba cada uno durante el feriado.

Edith sabe que quien atiende el teléfono de la alarma y manda ignorarla se convierte en la primera pregunta del detective. Cuando él sugiere que ella les dio el camino a los ladrones a cambio de una parte, la gramática perfecta se endurece: ella recuerda sus treinta años en esa casa y pregunta cómo alguien la llama cómplice en su propio sótano. Puede ser el orgullo herido de una gerente que nunca perdió una caja. Puede ser alguien que prefiere corregir la pregunta a responderla. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

Las gafas de lectura en la cadena dorada
Las gafas de lectura en la cadena dorada
El blazer azul marino sobre la blusa de seda crema
El blazer azul marino sobre la blusa de seda crema
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 113 de 200.

El caso

Los otros sospechosos