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La librería antigua de Turín, de estantes oscuros hasta el techo y lámparas verdes sobre las mesas
Graziella Toscani

Graziella Toscani

Representante de un librero de Turín, que acompañó los baúles hasta Londres, 54 años

Graziella Toscani tiene 54 años y desde hace veintidós trabaja en una de las librerías antiguas más respetadas de Turín, donde empezó envolviendo volúmenes y llegó a brazo derecho del dueño. Nació en Alba, en las colinas del Piamonte, hija de un viñador y de una bordadora, estudió letras clásicas en Turín y habla cinco idiomas, uno de ellos muerto. Trata a los libros como a parientes, y quien entra en la tienda sin lavarse las manos lo nota enseguida.

La librería ocupa tres plantas de un edificio de arcadas, con estantes de madera oscura hasta el techo, escaleras con ruedas, mesas de lectura bajo lámparas verdes y una sala en el último piso donde los volúmenes más caros están guardados en armarios de cristal. Graziella vive en un piso a dos calles de allí, con un salón forrado de libros y un gato negro que duerme sobre el diccionario de latín. Se levanta temprano, toma café sin azúcar y llega media hora antes.

Es elegante y de postura recta, de rostro ovalado con pómulos altos, el pelo negro de hebras blancas recogido en un moño bajo y pintalabios color vino. Lleva gafas de leer colgadas de una cadena, abrigo de camello sobre un conjunto de punto gris, pañuelo de seda estampado y trae un bolso de cuero oscuro en el brazo. Es orgullosa, precisa, habla de los libros con devoción y trata al resto del mundo, y sobre todo a los almacenes, con desprecio educado.

Sobre la carga, cuenta que eran tres vidas de librero: tratados de astronomía del siglo XVII, atlas y grabados de primera tirada, más de doscientos volúmenes que no se compran de nuevo en ningún sitio. Esperaban la aduana y el vuelo del lunes para una feria en California, en un flete repartido entre dos libreros de Turín y uno de Múnich, y ella vino con ellos para no perder de vista los baúles. En cuanto al fin de semana, dice que se quedó en el hotel de Hounslow, cerca del aeropuerto, vigilando la carga.

Graziella sabe que la representante que acompañó la carga es de quien se pregunta dónde estaba cuando desapareció. Cuando el detective dice que robó los libros de su patrón para cobrar el seguro, aprieta el bolso de cuero contra el brazo y responde que envolvió cada volumen con estas manos y que él se atreve demasiado. Orgullo de librera tratada como ladrona, o devoción alzada como cortina: el bolso apretado no se abre.

El pañuelo de seda estampado que lleva al cuello
El pañuelo de seda estampado que lleva al cuello
El bolso de cuero oscuro que nunca se le cae del brazo
El bolso de cuero oscuro que nunca se le cae del brazo
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 199 de 200.

El caso

Los otros sospechosos