

Callum Brierley
Supervisor del turno de día del almacén, exalpinista industrial, 39 años
Callum Brierley tiene 39 años y ha pasado más tiempo colgado de cuerdas que mucha gente sentada. Nació en Slough, hijo de un mecánico de aviones y de una peluquera, dejó la escuela técnica a los 17 y entró en una empresa de limpieza de fachadas, donde durante seis años limpió cristales de torres de la City, a doscientos metros del suelo. Una caída lo hizo cambiar la cuerda por la carretilla elevadora, y hoy, desde hace cuatro años, es el supervisor del turno de día del almacén.
Vive en un piso de un dormitorio en Slough, en la quinta planta de un edificio nuevo, desde donde ve a los aviones bajar en fila a la pista de Heathrow. En el salón hay un sofá de cuero, un televisor grande y una estantería con fotografías de edificios altos vistos de lado, tomadas por él en los tiempos de las fachadas. En el pasillo, una escobilla de limpiar cristales con mango telescópico, que ya no usa, pero no tira.
Es delgado, de hombros fuertes, con el rostro anguloso, la barba pelirroja corta y recortada y el pelo castaño rojizo rapado a los lados. Tiene una cicatriz fina en la barbilla, antebrazos de venas marcadas y lleva chaqueta de trabajo gris con chaleco reflectante naranja, la credencial en el pecho y un reloj deportivo grueso en la muñeca. Es práctico, rápido en las respuestas, habla del almacén como quien manda en él y trata a la policía con una paciencia ensayada.
Sobre el trabajo, cuenta que supervisa el turno de día y que antes de eso pasó seis años colgado de una cuerda. Explica la alarma: sensores de movimiento en el suelo, que cubren hasta unos tres metros de altura, y por encima de eso nada, porque nadie pensó nunca en un ladrón venido del techo. Del vigilante de la noche, observa que su coche desaparece del patio de madrugada, entre medianoche y las 2:00, como ve por el portón cuando llega temprano, y que las rondas del libro cuadran demasiado bien.
Callum sabe que el supervisor que ordenó los baúles el viernes es el primero a quien se recuerda cuando aparecen vacíos. Cuando el detective dice que bajó por el tragaluz y se llevó los libros, hace girar el reloj deportivo en la muñeca y responde que supervisa carga y no la roba, y que solo habla ante el abogado del sindicato. Rebeldía de profesional, o paciencia ensayada que se acaba sin respuesta preparada: el reloj gira igual.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 199 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Royston HargreaveVigilante nocturno del almacén, 61 años
Graziella ToscaniRepresentante de un librero de Turín, que acompañó los baúles hasta Londres, 54 años
