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La casa de madera oscura, con el tendedero de los guantes blancos
Masaru Ogiwara

Masaru Ogiwara

Chófer del banco, 54 años

Masaru Ogiwara tiene 54 años y desde hace veintidós conduce el coche del banco, sin perder un yen. Nació en Kawagoe, al norte de la capital, hijo de un fabricante de zuecos, y entró joven en un taller de motores, donde aprendió a reconocer cualquier máquina por el ruido. Callado y orgulloso, habla en frases cortas y cuenta los años de servicio como otros cuentan medallas.

Vive con su mujer y una hija aún soltera en una casa de madera oscura, de dos plantas, en un barrio de calles estrechas al oeste de la ciudad. Hay una sala de tatami con una estufa de queroseno en el medio, un altar doméstico con la foto de su padre, un patio minúsculo con un ciruelo y un tendedero donde los guantes blancos del uniforme se secan cada noche. Toma té verde amargo, escucha el béisbol por la radio y dice que lo único que no se compra es la regularidad.

Es bajo y achaparrado, de rostro ancho y arrugado, pelo canoso cortado al rape y un ojo izquierdo ligeramente blanquecino que entrecierra cuando le da la luz. Lleva uniforme gris de chófer, con la gorra casi siempre en las manos, guantes blancos de algodón desgastados y zapatos que la lluvia siempre encuentra. Habla con la espalda recta, despacio, como quien conduce: con las dos manos en el volante y los ojos en el camino.

Sobre aquella mañana, su versión es la de un profesional: el policía llevaba casco blanco, gafas de motociclista, el cuello levantado y la lluvia en la cara, la voz era joven, de quien grita una orden por primera vez, y más que eso no jura. Se detuvo porque un policía se lo ordenó, y cualquiera se habría detenido. Con la lluvia fuerte y la calle estrecha, nadie puede confirmar con certeza dónde estaba cada uno en el momento en que salió el coche.

Masaru sabe que el conductor de un coche robado siempre es el primero a quien se mira de reojo. Cuando el detective sugiere que entregó el coche a propósito, la pregunta le hiere donde más duele: recuerda sus veintidós años de servicio y dice que pregunte lo que quiera, pero eso no. Puede ser el orgullo de un viejo empleado. Puede ser alguien que protege con el honor otra cosa. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

La gorra de chófer que lleva en las manos
La gorra de chófer que lleva en las manos
Los guantes blancos de algodón desgastados, secándose en el tendedero
Los guantes blancos de algodón desgastados, secándose en el tendedero
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 158 de 200.

El caso

Los otros sospechosos