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El cuarto compartido por tres chicas, con el tendedero sobre la cama
Ratna Wijaya

Ratna Wijaya

Masajista indonesia, 25 años

Ratna Wijaya tiene 25 años y cree que la próxima prueba será la buena. Nació en Yogyakarta, en la isla de Java, hija de una costurera y de un conductor de autobús interurbano, y es la mayor de cuatro hermanos. Desde niña graba vídeos cortos de sí misma imitando a actrices de telenovela, y a los dieciocho salió de casa con una maleta y la certeza de que la televisión era cuestión de tiempo. Llegó a Kuala Lumpur hace tres años, y la certeza aún no ha caducado.

Comparte un cuarto en un edificio de alquiler barato en las afueras de la ciudad, con otras dos chicas que viven de turnos que ella apenas puede seguir. El cuarto tiene un colchón de matrimonio donde duermen las tres por turnos, un espejo de maquillaje con una bombilla débil, un tendedero de ropa sobre la cama y una maleta abierta en el suelo. Manda dinero a su madre todos los meses y llama todas las noches, en cuclillas en la escalera, para tener privacidad y señal. Cocina arroz con huevo y canta mientras cocina.

Tiene la piel morena dorada, el rostro redondo y el pelo negro liso recogido en una cola de caballo alta, que se balancea cuando habla deprisa. Lleva una camiseta blanca ancha de algodón, vaqueros claros y zapatillas blancas que frota con pasta de dientes todas las semanas. Tiene las uñas pintadas de rosa, la risa fácil y la manía de extender la mano al hablar, como quien hace un gesto de escena. Hoy tiene los ojos hinchados de llorar.

Sobre la mañana de la terminal, su versión es la de alguien que fue a un trabajo y no sabía lo que hacía: era una grabación, dice, y jura que nadie le avisó de que el hombre del abrigo azul estaba enfermo. Nunca lo había visto. Solo le dijeron cómo iba vestido. Recuerda que ni siquiera gritó, solo se frotó los ojos y preguntó qué era aquello. Después corrió a lavarse las manos, como le habían mandado.

Ratna sabe que una chica que toca el rostro de un hombre que muere diez minutos después queda marcada por mucho tiempo, y le pide al detective, sin esperanza, que la deje ir. Cuando él insiste, el habla se acelera, la cola de caballo tiembla y los ojos se le llenan de nuevo. Puede ser la ingenuidad verdadera de una chica que fue utilizada. Puede ser alguien que esconde el resto de la historia tras su propio llanto. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

Las zapatillas blancas que frota con pasta de dientes
Las zapatillas blancas que frota con pasta de dientes
El esmalte rosa con que se pinta las uñas
El esmalte rosa con que se pinta las uñas
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 128 de 200.

El caso

Los otros sospechosos