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La sala de muestras de la fábrica de Viena, llena de engranajes
Anselm Kessler

Anselm Kessler

Representante de una fábrica de piezas de relojería de Viena, 41 años

Anselm Kessler tiene 41 años y vende piezas diminutas a quienes las hacen girar. Nació en Graz, en Austria, hijo de un relojero y de una profesora de piano, y se crió entre el tictac de los relojes del taller de su padre y las escalas repetidas de la mañana a la noche. Estudió comercio en Viena, entró como vendedor en una fábrica de componentes de relojería y hoy viaja por Europa como representante, con una maleta de muestras y una tarjeta de visita impecable.

Vive en un apartamento de dos habitaciones en un edificio señorial de Viena, cerca del Ring, con un suelo de parqué que encera los sábados y un balcón de hierro donde nunca se sienta. La mesa del comedor tiene seis sillas y solo una se usa. Hay una estantería de partituras que heredó de su madre y nunca abre, un reloj de pared que ajusta todos los domingos y un cuadro de un paisaje alpino que nadie sabe quién pintó. Pasa más de dos tercios del año en hoteles, y dice preferirlos.

Tiene el pelo rubio oscuro partido a un lado, con brillantina, el bigote recortado con precisión y gafas de montura de metal fino. Lleva un traje gris de tres piezas, de corte impecable y ligeramente anticuado, y manos muy limpias, de uñas cortas, que rara vez saca de los bolsillos. Sonríe como vendedor, en su justa medida, elogia el té y el inglés de su interlocutor y responde a casi todas las preguntas con otra, en un tono de tanta cortesía que dan ganas de agradecerle.

Sobre su estancia en Londres, su versión es comercial: vende rubíes perforados para relojes, esas piedrecitas que sujetan los ejes, y vino a la feria de relojería y a probar un té que dicen que es el mejor de Europa. Conoció al presentador, dice, solo por la voz, que admiraba en la radio. Se hospeda en un hotel barato de Bayswater, porque la fábrica ya no paga más, y dejó la tarjeta de visita a media docena de personas que no llamarán.

Anselm sabe que un extranjero cortés en una ciudad donde murió un exiliado es, para el detective, un extranjero que merece más atención que el té. Cuando la pregunta se vuelve directa, la sonrisa no cambia, solo aumenta la distancia entre las frases. Puede ser la cautela de un hombre que viaja demasiado y aprendió a hablar poco. Puede ser alguien que elige cada palabra porque cada palabra tiene un precio. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.

Las gafas de montura de metal fino que nunca se quita
Las gafas de montura de metal fino que nunca se quita
El traje gris de tres piezas, impecable y ligeramente anticuado
El traje gris de tres piezas, impecable y ligeramente anticuado
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 124 de 200.

El caso

Los otros sospechosos