Confessd
Volver
El taller de piedra en Witney, de tubos de cobre colgados en haces
Royce Tanfield

Royce Tanfield

Fontanero contratado por la galería, que instaló la obra, 41 años

Royce Tanfield tiene 41 años y vive de llevar el agua adonde debe ir. Nació en Witney, hijo de un fontanero y de una enfermera, aprendió el oficio ayudando a su padre desde los 12 y, a los 20, abrió un taller propio en la misma calle en que se crió. Hoy hace de todo, desde grifos de casa hasta la instalación de una obra de arte, y dice que el agua, al contrario que las personas, es buena para escuchar: siempre va por el camino de menor resistencia.

El taller está en un garaje de piedra con puerta de hierro, donde tubos de cobre cuelgan del techo en haces por diámetro, cajas de conexiones de latón se alinean en un estante y un banco de madera oscura guarda el soplete, la lija y una taza de té fría. Vive en una casa adosada al fondo, con un jardincito que riega con una manguera vieja. Habla con los clientes por el nombre de pila, y ellos lo llaman Roy.

Es delgado y de brazos fuertes, con el rostro anguloso, la barba pelirroja recortada y el pelo pelirrojo rapado a los lados. Tiene un tatuaje de ancla en el antebrazo, que se hizo en un viaje de adolescente a Plymouth, lleva camiseta gris manchada, peto azul oscuro de trabajo, una gorra verde que carga en la mano y un reloj de pulsera barato que adora. Es simpático, hablador, orgulloso de su trabajo y rápido para señalar el error de los demás.

Sobre la exposición, cuenta que instaló la pieza de oro, con la fontanería de verdad debajo, funcionando, porque el artista quería que la gente la usara, y que fue él quien la conectó. Tras la instalación, el miércoles, volvió a Witney, al taller y a los grifos de los demás: trabajo entregado, para él, es trabajo olvidado. Cuando le preguntan cómo se saca una obra así de su sitio, dice que, por lo visto, con mazo y prisa, trabajo de bruto y no de fontanero.

Royce sabe que el fontanero que instaló la obra es el primero en ser recordado cuando alguien la arranca. Cuando el detective dice que volvió de madrugada, se mete la gorra verde en el bolsillo, la sonrisa desaparece y avisa que instala váteres y no roba palacios, y que solo habla ante el abogado del sindicato. Indignación de profesional, o simpatía que acaba con la primera pregunta incómoda: la gorra desaparece y la duda se queda.

La gorra verde que lleva siempre en la mano
La gorra verde que lleva siempre en la mano
El peto azul oscuro de trabajo
El peto azul oscuro de trabajo
Jugar

Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 198 de 200.

El caso

Los otros sospechosos