

Radko Mrázek
Capataz de la empresa que reforma la fachada, 52 años
Radko Mrázek tiene 52 años y levanta fachadas de edificios desde hace treinta. Nació en Ostrava, en Chequia, hijo de un soldador y de una cocinera de fábrica, y vino a Viena a los 22 en busca de mejor sueldo. Empezó de ayudante de albañil, fue aprendiz de restaurador de piedra y hoy es capataz de una empresa especializada en fachadas antiguas. Se jacta de que nadie monta un andamio con la misma limpieza que él.
Trabaja la mayor parte del tiempo en un patio de la empresa, detrás de un galpón de chapa, entre bloques de arenisca numerados, caballetes de madera y cajas de herramientas de talla. Allí examina cada piedra antes de mandarla a la obra, conversa con los canteros con la voz alta de quien vive al aire libre y guarda el té en una lata de galletas, junto a la fiambrera. Cree que la policía no entiende de obras y que el resto del mundo no entiende de piedra.
Es alto y corpulento, de rostro cuadrado, quemado por el sol, con barba canosa sin afeitar y la nariz rota en alguna pelea antigua. Lleva camisa de franela a cuadros con las mangas remangadas, chaleco naranja reflectante, botas sucias de cal y el casco blanco bajo el brazo. Es rudo, directo y desconfiado, rezonga las respuestas y se enorgullece de que, en treinta años de obra, nunca dejó un centavo torcido.
Sobre la obra, cuenta con gusto: la empresa restaura la fachada piedra por piedra, el andamio está en pie desde marzo, del suelo a la cúpula, y fue él quien montó cada tubo. Quien tiene acceso es el equipo, de día, la escalera de abajo tiene una trampilla con candado y la red lo cubre todo. De noche, dice, nadie sube. Sabe que la vigilante del museo lo señaló, por el portón de la valla, y responde que ella se ocupe de su propio trabajo.
Radko sabe que quien montó el andamio y guarda las llaves de la valla es de quien se pregunta cómo alguien subió por él. Cuando el detective dice que rompió la ventana del museo, aprieta el casco blanco bajo el brazo y responde que levanta edificios, no derriba ventanas, y que treinta años de obra no caben en esa conversación. Puede ser el dolor de un hombre honesto, o el enfado de quien tapa una grieta: el casco apretado no dice cuál.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 192 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Gernot PfeilerTécnico de la empresa que mantiene la alarma del museo, 47 años
Wilma StrasserVigilante nocturna del museo, que rearmó la alarma, 56 años
