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El piso de dos habitaciones en Favoriten, donde todo está en el lugar del reglamento
Wilma Strasser

Wilma Strasser

Vigilante nocturna del museo, que rearmó la alarma, 56 años

Wilma Strasser tiene 56 años y es vigilante nocturna del museo desde hace nueve. Nació en Graz, hija de un minero de carbón y de una lavandera, dejó la escuela a los 15 y pasó por fábrica, lavandería y grandes almacenes antes de ponerse el uniforme gris. Dice que el secreto para estar despierta toda la noche es tener algo en que ocuparse, y que el reglamento es el mejor patrón que ha tenido.

Vive sola en un piso de dos habitaciones en Favoriten, en un edificio de ladrillo sin ascensor, donde todo está en el lugar que pediría el reglamento: la cama de sábana tensa, las botas lado a lado en la puerta, el termo lavado y seco junto al fregadero. Tiene un gato gris que duerme en el único sillón y al que llama por el apellido. Vuelve del museo al amanecer, toma un café negro y cierra las cortinas para dormir.

Es delgada, de rostro cansado y ojeras hondas, con el pelo canoso corto y una permanente que ya desistió de quedar bonita. Viste el uniforme gris con camisa azul claro y el distintivo de tela en el hombro, y sujeta al cinturón el manojo de llaves del museo, que hace sonar a propósito al andar. Es seca, defensiva, habla poco y responde muchas veces citando el reglamento, como si este hubiera hablado antes que ella.

Sobre la noche del crimen, su versión está en el libro: ronda a las 2:00, a las 3:00 y a las 4:00, las tres alas, todo tranquilo, con su letra. Sobre la alarma de las 3:55, dice que la rearmó desde el panel porque el técnico se lo mandó: el viernes tocó el sensor y dijo que, si sonaba de madrugada, era polvo del andamio. Señala al capataz de la fachada, cuya luz del contenedor quedó encendida toda la noche, y el portón de la valla que solo él cierra con llave.

Wilma sabe que una vigilante que rearmó la alarma sin subir, con la obra abierta en la fachada, es a quien se pregunta lo que no hizo. Cuando el detective dice que rearmó la alarma para que alguien saliera, el manojo de llaves deja de tintinear en el cinturón y ella le manda anotar en el cuaderno los nueve años sin que desapareciera un alfiler. Orgullo de empleada correcta, o reglamento usado como puerta cerrada: el silencio de las llaves cabe en las dos.

El termo que lleva en todos los turnos
El termo que lleva en todos los turnos
El manojo de llaves que hace sonar al andar
El manojo de llaves que hace sonar al andar
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Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 192 de 200.

El caso

Los otros sospechosos