

Helga Sommer
Vigilante de la central de monitoreo, 59 años
Helga Sommer tiene 59 años y pasó treinta de ellos frente a monitores de vigilancia. Nació en Görlitz, en la frontera con Polonia, hija de un ferroviario y de una costurera, y llegó a Dresde a los 28, después de que cerrara la fábrica de tejidos donde trabajaba. Hizo el curso de vigilante un invierno y nunca más dejó la profesión. Hace doce años trabaja en la central de monitoreo del castillo, en el turno de madrugada, que eligió porque, dice, de noche la gente miente menos.
Vive en un apartamento de dos habitaciones en el cuarto piso de un edificio antiguo de Dresde, sin ascensor, con la cocina orientada a un patio de tilos. Es la casa de quien llega cuando los demás salen: cortinas gruesas para dormir de día, un sillón gastado junto al radiador, una radio que queda encendida bajito y una taza térmica azul que va y viene del trabajo todos los días, lavada siempre en el mismo fregadero, siempre a la misma hora.
Tiene el pelo canoso corto y liso, arrugas finas alrededor de los ojos y gafas de lectura colgadas de un cordón, que se pone y se quita a cada frase. Usa el uniforme gris de vigilancia con la credencial en el pecho y, encima, un cárdigan azul tejido por su hermana, porque la central es fría de madrugada. Habla con la precisión de un informe, hora y minuto, sin adornos. Parece cansada todo el tiempo y se ofende cuando alguien duda del protocolo, como si la duda fuera con ella.
Sobre la madrugada, su versión es la del monitor: vio a dos hombres encapuchados entrar como si la reja fuera de papel, y uno de ellos fue directo a la vitrina central, como quien sabía exactamente adónde ir. No mandó a nadie a entrar en la sala porque el protocolo lo prohíbe: el vigilante no tiene arma y no se enfrenta a ladrones, y las joyas se recuperan, las personas no. De madrugada la central tiene dos personas, y su compañero hacía la ronda exterior, al otro lado del patio. Con la calle a oscuras y las cámaras exteriores ciegas, nadie puede confirmar con certeza quién anduvo cerca de aquella ventana los días antes del robo.
Helga sabe que quien presencia un robo por el monitor y no se levanta de la silla se vuelve sospechosa a los ojos de mucha gente. Cuando el detective le pregunta si abrió la ventana a los ladrones, ella recuerda sus treinta años de vigilancia, señala la vitrina aún rota y le pide que anote en el cuaderno que se ofendió. Puede ser el orgullo herido de una profesional que siguió el protocolo al pie de la letra. Puede ser alguien que se ofende rápido para no tener que explicar otra cosa. El detective tendrá que decidir cuál de las dos.


Los casos se desbloquean en orden, como niveles. Este es el caso 111 de 200.
El caso
Los otros sospechosos
Jonas BrandtDueño de la herrería que reformó las rejas, 36 años
Felix HartmannConservador de las joyas del tesoro, 47 años
